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Back Está aquí: Home De interés El mundo del comic con Infame&Co “Si algo aprecio en este mundo, además de la risa, es la cultura”. Entrevista a Max

“Si algo aprecio en este mundo, además de la risa, es la cultura”. Entrevista a Max

Portada

Max continúa abriendo nuevos caminos en el mundo de las viñetas en una constante investigación de los límites del medio. En su último trabajo, “El Tríptico de los Encantados”, Max explora el universo de El Bosco y acerca el tebeo al mundo del arte en un personal acercamiento a la figura del pintor que edita el Museo del Prado para conmemorar el quinto centenario de su muerte. Además, mantiene su colaboración con El País para acercarnos su visión lúcida sobre el mundo de la cultura. Con él hablamos de sus últimos trabajos.

 Pregunta: ¿Qué es “El Tríptico de los Encantados”?

Respuesta: Es un cómic alrededor de algunas obras de El Bosco. Es un encargo del Museo del Prado que me dio carta blanca para hacer lo que quisiera. Me fijé en 3 cuadros que me llamaban especialmente la atención de entre los que hay en el museo y a partir de allí hilvané una historia que nos llevase de uno a otro.

P.: ¿Qué factores tuviste en cuenta a la hora de decidir los cuadros?

R.: Como siempre ha habido un factor instintivo que de entrada me hace intuir cuáles me pueden dar juego. Después tengo que razonármelo a mí mismo, claro. Tras estar leyendo sobre El Bosco, documentándome y viendo lo poco que se sabe de su vida, empecé a encontrar unos puntos que me interesaba tratar y en los que podía usar los cuadros como vínculo conductor.

P.: Utilizas 3 cuadros muy emblemáticos del autor. El primer cuadro, “Extracción de la piedra de la locura”, está planteado por el autor como una crítica a la estupidez. Sin embargo, tú haces una nueva lectura asociando la locura con la genialidad.

R.: Es muy difícil conocer las intenciones del pintor en su momento. Yo hago una interpretación desde ahora conforme a las preocupaciones que tenemos en el siglo XXI, no en el siglo XV. En ese cuadro, además de la metáfora sobre el fraude y el engaño yo veía a El Bosco reflejando un problema suyo en ese cuadro. Todos los autores nos retratamos en nuestras obras, aunque sea de un modo involuntario. De modo que pensé con cuál de los personajes se identificaba El Bosco y me pareció muy claro que era con el pobre loco.

P.: Además de El Bosco, en el libro asoman algunas de tus influencias como el espíritu Bruguera.

R.: Tampoco me parece muy evidente. Sí puede estar presente en la manera de moverse los personajes en algún gag silencioso, pero no era algo que tuviera en mente. Probablemente se deba a que la herencia Bruguera la tengo de serie y sale casi sin querer.

P.: “La piedra de la locura” se convierte en el hilo conductor de todo el libro.

R.: Sí, necesitaba un nexo para unir toda la trama que me permitiese viajar de un cuadro a otro y lo encontré en la piedra. La piedra es esférica porque es un símbolo recurrente en El Bosco y a partir de allí se me ocurrió el modo de llevarla de un sitio a otro.

P.: Este primer capítulo lo llamas “El Atormentado”. Imagino que cada capítulo está relacionado con cómo se refleja El Bosco en cada uno de los personajes que habitan la obra.

R.: No está explícito en el libro salvo por los nombres de los capítulos, pero yo me he hecho una imagen de El Bosco. Me he imaginado, más allá de que realizase obras de encargo, cuál era su interés en ella, en que se podía retratar en ella. Creo que puedo entender la mentalidad de El Bosco porque él trabajaba por encargo y yo también lo suelo hacer en el mundo de la ilustración. De hecho, este cómic que estaba haciendo lo era. En ese sentido puedo sentirme cercano a él. Otro aspecto con el que me puedo identificar es con la educación religiosa. Yo, como él, he sido educado en la religión católica, conozco bien las historias y las tensiones que se producen entre lo que crees y lo que te crees y pienso que El Bosco vivió una tensión muy fuerte en sus creencias personales y el delirio creativo que le brotaba, de allí lo de “El Atormentado”.

P.: A lo largo de toda tu obra las diversas creencias religiosas y su representación iconográfica tienen un gran papel.

R.: Vaya por delante que ni soy creyente ni religioso pero me interesan mucho las conexiones de la religión con la mitología, la filosofía y la fantasía. Sobre todo me interesa ver cómo influye en la vida de millones de personas, personas que ven condicionada su vida según su religión. Eso sí que me interesa mucho.

P.: Siguiendo con las conexiones, hay una serie de elementos iconográficos en tu obra como las lechuzas o las urracas que entroncan con la tradición del pintor.

R.: Sí, todo el mundo me pregunta si tengo influencia del Bosco y yo respondo siempre que no conscientemente. Si las hay creo que son más subterráneas. No he hecho nada antes que viniese directamente de él, pero sí que es cierto que me he ido creando una serie de elementos, de personajes símbolo y me doy cuenta que algunos de ellos coinciden con los que usaba El Bosco. Los mochuelos, las lechuzas, las urracas o los cuervos también están allí. Me he ido cuenta con el tiempo que hay un metalenguaje que funciona en los tebeos, igual que en cualquier narración. Objetos, animales que se han ido convirtiendo en símbolos en nuestro contexto cultural occidental y han ido sedimentando un significado que captamos aunque sea de un modo subconsciente. El uso de estos símbolos me interesa mucho porque funciona de un modo inmediato. No necesita explicaciones farragosas ni darle vueltas a nada sino que es algo que el lector capta inmediatamente.

P.: Es un proceso en el que llevas años inmerso buscando expresar más con el menor número de trazos.

R.: Sí, eso juega a mi favor aunque no sea algo que haya teledirigido. Con cada libro intento despojar mi trabajo de todo lo accesorio, de todo lo ornamental e ir directo al núcleo del tema.

En el libro de El Bosco tiendo mucho hacia ello. Es algo que he aprendido de otras tradiciones visuales, sobre todo la oriental, la pintura china antigua, donde las zonas vacías de un dibujo aportan significado. Yo intento sumar estas enseñanzas que me sirven para ir directo al grano.

Yo creo que no es tan importante deslumbrar al lector como intentar subyugarlo y clavarlo a la butaca. Para mí lo básico cuando estás trabajando en un medio gráfico narrativo es atrapar al lector de modo que hago la composición de página y el ritmo pensando en ello. Eso no impide que el lector pueda volver atrás y quedarse detenido en una viñeta pero mi objetivo es hacerlo avanzar a través del libro.

P.: Tus pasos adelante a veces miran hacia atrás. Empezaste con el blanco y negro y las dos tintas en tus comienzos y hacia ello volvemos de nuevo.

R.: Sí, porque son recursos que siempre son válidos. Cada libro te pide algo diferente. En el caso del libro del Bosco descarté de entrada el color por una razón práctica, porque no era asumible hacerlo así en el tiempo que disponía hasta la fecha de entrega. Había otro motivo más profesional y es que quería alejarme de la estética del Bosco, no quería hacer algo que recordase a él. Quería hacer un libro mío y eliminar el color me ayudaba a alejarme de su estética. Estuve trabajando en el libro durante meses con la idea de que fuese en blanco y negro, pero me dí cuenta de que quedaba demasiado austero, demasiado crudo y entonces decidí usar una segunda tinta.

P.: Hablamos de los lazos entre la obra del pintor y la tuya propia. La elección del segundo cuadro es probablemente la que más se hunde en tus temas recurrentes. “Las Tentaciones de San Antonio Abad” se acerca a la figura del ermitaño que vive en el desierto tentado por los diablos.

R.: Allí sí que entramos de lleno en un tema que tenemos en común. Al Bosco le debía interesar mucho el tema o se lo debían encargar mucho porque pintó varios cuadros sobre ello. Hay un cuadro diferente del resto y es el que está en El Prado. Son todos muy tensos con el tema de la tentación muy a flor de piel y este cuadro es todo lo contrario. Parece el momento en el que el santo se ha quitado de encima los demonios y se ha quedado tranquilo. Es un tema que he tratado desde hace mucho tiempo. Ya hice una historia corta en “El Víbora” y en “Vapor” volví sobre él.

P.: La figura del ermitaño nos adentra con la piedra de la locura en el cuadro más emblemático del Bosco, “El Jardín de las delicias”.

R.: Ese cuadro no me lo podía saltar. Es la mayor obra del Bosco, un cuadro tan tremendo que no sabes por dónde lo puedes afrontar. Me costó dar con la entrada a ese cuadro pero a base de contemplarlo y de leer sobre él vas encontrando pistas. Algunas pistas te llevan a callejones sin salida pero otras te llevan a una nueva forma de ver el cuadro. A mí me ayudó mucho un texto de Michel de Certeau, un filósofo francés que en un libro sobre la mística de los siglos XV y XVI tiene un capítulo dedicado a este cuadro y la visión que da de él es la que más me tocó. La del filósofo, curiosamente la visión de alguien que viene de fuera del arte, fue la que más me llegó.

P.: En la historia “Elogio a Buñuel” utilizas el recurso de la procesión de elementos surrealistas. Es curioso ver cómo coincidís Buñuel y tú, ateos convencidos, en el uso de elementos místico-religiosos en vuestra obra.

R.: Debe ser una cosa de españoles que hemos sufrido la bota de la iglesia durante siglos y da lugar a artistas raros a los que nos interesa el tema aunque abominemos de él. Yo me siento cercano a Buñuel, desde luego, de hecho en un libro anterior que hice, “Vapor”, la influencia básica de ese libro es “Simón del desierto”. Los surrealistas desde luego reivindicaron al Bosco, no porque El Bosco lo fuera sino porque desde siempre ha existido en el arte una corriente que permite que fluya el subconsciente de un modo libre sin ataduras. En El Bosco parece muy evidente que se daba eso y los surrealistas estaban encantados con él.

P.: El desfile de personajes que aparecen en el cuadro recuerda al desfile de carrozas frente al rey Morfeo en “Little Nemo” de Winsor McCay.

R.: En este caso no tenía presente a  Winsor McCay. El tema del desfile ya lo usé en “Vapor” y lo saqué de una novela de Flaubert sobre las tentaciones de San Antonio además. Ví que el desfile me permitía desplegar una parte del cuadro para representar su totalidad porque como te decía el cuadro es tan abrumador que es imposible afrontarlo en su totalidad. Pero el desfile me permitía dar la sensación al lector de que ha visto desfilar a todos. De modo que como truco visual me funciona  muy bien. En este caso me estaba copiando a mi mismo.

P.: Vemos que utilizas una amplia documentación para intentar cubrir las lagunas que existen sobre la figura del pintor. ¿Cómo ha sido ese proceso?

R.: Ya tenía en casa dos de los libros fundamentales que se han escrito sobre El Bosco. Además de releerlos, lo que hice fue seguir las pistas bibliográficas que estos libros me daban y he ido picando de un sitio y otro intentando hacerme una idea global sobre él, tanto de lo que se sabe como de lo que se ignora.

Fue un proceso muy divertido. Me dediqué un mes prácticamente solo a esto y me hizo recordar mis tiempos de estudiante. Fue un gozo poder dedicar un mes a un tema que me apasiona simplemente leyendo y siguiendo pistas.

P.: ¿Hasta qué punto ha intervenido el Museo en la obra? ¿Han participado mucho o has podido hacer el libro que tenías desde el principio en mente?

R.: Hasta que la propuesta se hizo oficial pasó un mes. En ese mes que dediqué a documentarme sobre el tema. Me llamaron para una reunión con el director del Museo en el que se iba a decidir si el libro se hacía o no y el tiempo que pasó hasta la reunión lo empleé en tener una idea más o menos clara, un esquema, de que podía hacer con eso. Con ello fui a la reunión y el director me dijo que adelante y a partir de allí he trabajado con total autonomía. No ha habido ninguna injerencia por su parte. De vez en cuando yo les enviaba algún desarrollo de secuencia para chequear cómo lo iban aceptando, pero la respuesta siempre ha sido estupenda por parte del museo.

P.: El libro está cuidado como si fuese un objeto. No sé hasta que punto la participación de tu hija, Aina Capdevila, que cada vez se implica más en tus proyectos, te permite llevar un mayor control sobre el producto final.

R.: Sí, la verdad es que le Museo me brindó carta blanca sobre el formato y el papel del libro e incluso su diseño gráfico. Yo le dije que mis trabajos propios suelo hacerla con mi hija y a ellos les pareció bien, así que fuimos adelante. Hablaba antes de que el tiempo total que tenía para hacerlo era un poco justito así que tanto el contenido del libro como su forma han venido determinados por ese tiempo. Si hubiese dispuesto de varios meses más hubiese sido distinto pero viendo el tiempo del que disponía decidí limitarme al formato usual de novela gráfica eligiendo, eso si, un papel adecuado, un tipo de encuadernación y trabajando mano a mano con mi hija en la paginación, tipografía y el resto de elementos.

 P.: Es curioso porque es el primer cómic que edita directamente el Museo Nacional del Prado. ¿Está cambiando la percepción de la historieta en los medios artísticos?

R.: Sí y este libro me parece la prueba fehaciente de ello. Por fin se ve al cómic como un medio capaz de muchas cosas, una visión que antes solo veíamos los propios autores y cuatro fans. Esa fue la responsabilidad que yo tenía encima. Es la primera vez que el Museo del Prado edita un cómic, no puedo pifiarla, tengo que estar a la altura y hacer algo chulo para que se animen a seguir editando cómics.

 P.: No sé hasta que punto la presencia de un libro como “Las Meninas” de Santiago García y Javier Olivares ha allanado el camino para que se den cuenta que a través del medio, se puede construir una historia que pueda llegar a cualquier tipo de público.

R.: Sin duda la influencia del libro de Olivares y García ha tenido una influencia tremenda. Ha sido un libro que ha abierto el camino para los que venimos detrás y espero que mi libro cumpla también con esa función. Otra cosa que tenía en mente además al iniciar el proyecto era que no se pareciera en nada a “Las Meninas”. Es evidente que gráficamente no se iba a parecer en nada porque Javier y yo estamos en registros distintos pero no quería que el acercamiento fuera similar. Yo quería demostrar que no hay una sola manera de acercamiento del cómic a la pintura antigua y busqué algo diferente y sigue habiendo muchos modos distintos de aproximarse. Lo importante es abrir muchas puertas. Cuántas más haya abiertas mucho mejor para todos.

P.: El Museo del Prado celebra los 500 años del pintor realizando una de las muestras más importantes que se han recopilado hasta la fecha. El amor de Felipe II por la obra del autor ha posibilitado que el acceso al trabajo del Bosco nos sea muy cercano. No sé si has contemplado mucho las obras para preparar tu propio trabajo.

R.: El Bosco lo tenía ya bastante visto. Voy visitando regularmente el Museo del Prado y suelo pararme especialmente en dos salas: una en la de la pintura flamenca, donde están El Bosco y Bruegel, que me fascina, y la dedicada a Goya. Con ocasión del trabajo he podido contemplarlo, tampoco durante horas. Sobre todo he trabajado con libros e Internet. En el Prado he estado en el taller de restauración, viendo cómo restauraban uno de los cuadros, observando cómo analizan con rayos X lo que hay detrás de los cuadros. Lo he podido ver todo con visitas puntuales.

P.: Las lagunas en la historia del pintor hace que se dude de la autoría de dos de los cuadros que seleccionas en tu libro.

R.: En este tema ni entro ni salgo porque no tengo juicios de valor. Creo que es un tema que tienen que tratar los expertos. Lo que sí puedo decir es que un autor es interesante o no más allá de la mano que lo ha pintado. Tampoco hay que sacralizar ciertas cosas, aunque no salgan de la mano del Bosco desde luego sí que pertenecen a su mundo. Si no son auténticos merecerían serlo porque yo veo allí cuestiones que están muy presentes en obras que sí son del Bosco. No creo, en cualquier caso, que esa polémica repercuta en la lectura de mi cómic.

P.: Paralelamente a la edición del libro, el Museo del Prado recoge en una exposición algunos de los procesos de trabajo de tu obra.

R.: Se trata de una mini exposición con varias de las fases de mi proceso de trabajo que está en el gabinete de dibujos y estampas del Prado. Es una zona de trabajo del museo no abierta al público, pero se puede visitar una vez a la semana con cita previa y en grupos reducidos.

P.: Estar expuesto en El Prado tiene que ser toda una experiencia.

R.: Lo es, qué te voy a decir. El Prado es uno de los grandes templos de la cultura y si algo aprecio en este mundo, además de la risa, es la cultura. Tener mis humildes trabajos allí me parece muy alucinante, mucho más tratándose de un museo que solo trata del arte hasta el siglo XIX. Curiosamente es en este siglo XIX en el que nace el cómic ya con todos sus componentes y es gracioso que en este templo que termina con la pintura y escultura del siglo XIX aparezca yo con un cómic. Está muy bien.

P.: Enlazas tu trabajo en “El Tríptico” con “Trampantojo”, tu colaboración con El País.

R.: Efectivamente, es un Trampantojo un poco excepcional. En la tira suele existir una gran dósis de humor basada en la cultura en general pero para la ocasión decidí hacer una tira nada cómica. Casi una tesis doctoral sobre El Bosco y en especial sobre El jardín de las delicias porque da una de las pistas que yo he encontrado para acercarme al cuadro.

P.: Hablas de cultura y risa, dos elementos muy presentes en “Trampantojo”, tu trabajo en El País. En muchas de las tiras retrocedes a los siglos de oro de nuestra cultura para hablar sobre los problemas de hoy.

R.: Cuando me propusieron hacer esto me asusté un poco porque es un tema que nunca había practicado, la tira humorística pero tengo carta blanca. De vez en cuando me sugieren algún tema que va a estar en portada pero al final elijo yo. Mi cultura también es limitada así que me muevo por donde me siento más cómodo. A veces son temas cotidianos como las dedicatorias en las ferias de libros y en otras ocasiones me voy a escritores antiguos. Obviamente evito hacer cachondeo sobre autores que no he leído.

P.: También relacionas los temas con los males endémicos de nuestro tiempo como la lectura de titulares sin profundizar en la noticia que hay detrás, esa cultura del tweet de transmitir el mensaje en los mínimos caracteres.

R.: Creo que eso por una parte empobrece y agudiza el ingenio a la vez, no hay nada que sea blanco o negro puro. Lo que sí creo es que la cultura se ve a veces sometida por la falta de tiempo y lo que pretendo es provocar la curiosidad de la gente. También es cierto que cuanto más arrinconada se ve la cultura, más soberbia se vuelve, más importantes nos creemos todos. Y eso es algo que pretendo combatir a través del humor.

Es un trabajo, el de “Trampantojo”, que me resulta placentero. Al principio me costó arrancar pero me siento cómodo y a mis anchas.

P.: Dentro de “Trampantojo” hay un diálogo continuo entre los trasuntos de Shakespeare y Cervantes.

R.: Sí, claro. Coinciden los aniversarios de los dos grandes monstruos de la escritura europea y ¿qué puede hacer un historietista con ellos sino juntarlos a tomar vinos en una taberna y ver qué se cuentan el uno al otro?. Lo estoy usando como una serie recurrente durante este año.

P.: ¿No tienes miedo a que te encasillen con la cultura de hace 500 años?

R.: Me da exactamente igual. Igual que hablo de estos autores lo hago de Kafka o de Homero. Para mi la cultura no tiene edad. Si un libro es interesante me da igual en que siglo se escribió.

P.: ¿Tienes una idea de hasta dónde quieres llegar con “Trampantojo”?.

R.: No, algún día me dirán esto se acabó o quizás sea yo quien diga que lo dejo si no tengo más ideas. Suelo apuntar las ideas que se me van ocurriendo en una libretita y tengo 6 o 7 adelantadas siempre, unas mejores, otras peores. Cuando llega el momento me siento y elijo la mejor de las ideas y la hago y el resto de la semana sigo añadiendo ideas a la lista.

P.: Antes de “Trampantojo” realizas otra serie para El País, “¡Oh diabólica ficción!”, sobre la creación y la procedencia de las ideas. Un curioso planteamiento en el que alternabas tu trabajo con el de Paco Roca.

R.: Sí, además ese fue un condicionante chulo para mí. En mi caso, el enfoque que iba tomando su serie iba determinando el cariz que iba tomando la mía. Yo iba leyendo su serie y me iba situando en un punto de vista paralelo. Entre ambos creo que cubríamos un espectro casi total. Mientras él hablaba de la vida cotidiana de una persona de un modo muy práctico, yo me iba yendo al mundo de la imaginación, que también afecta a la vida cotidiana.

P.: Hay un momento en el que incluso Paco hace un caméo en tus páginas.

R.: Y hay otra ocasión en la que él en su historieta que le confunden a su personaje conmigo. Es un juego entre amigos que nos divertía.

P.: “¡Oh diabólica ficción!” está narrado por una musa, una urraca que nos desgrana en distintos soliloquios cuáles son sus motivaciones. ¿Cómo nace el personaje?

R.: Un poco por ese tema al que doy vueltas sobre la creación. Me pregunto de dónde vienen, por qué surgen o por qué no lo hacen cuando tu quisieras que lo hicieran. Dirigiéndome a un público como el de El País semanal, que es un público muy transversal, de todas las edades, clases y pensamientos, se me ocurrió darle vueltas a ello. Si antes la creación era exclusiva de los artistas, ahora todo el mundo tiene su blog, Instagram, Facebook... Todo el mundo hace reseñas o muestra sus fotos y tiene que plantearse lo que enseña o cómo lo ofrece así que me parecía adecuado para estos tiempos.

 

P.: Hay mucha crítica hacia el mundo de los creadores.

R.: Sí que hay una mirada hacia el mundo de los artistas. El jugar con el tema de la musa ya da pistas de que los artistas somos tan pringados como cualquier otro y cuando no hay ideas no hay de donde rascar. La serie me servía para aprender a reírse de uno mismo y al mismo tiempo hacer que la risa no sea solo un escape sino también una reflexión. En la serie se han tratado una serie de temas vecinos a la creación y cada una tratada de un modo diferente.

P.: De hecho intentas variar el estilo gráfico encada tira.

R.: Para mí se trataba de sorprender cada semana al lector. Esa serie sí que bebe mucho de la escuela Bruguera. Casi se trata de una confrontación de Bruguera a nuestros días. Tenía que hacer historietas muy cortas a un ritmo quincenal. No era frenético, pero no era mi ritmo habitual. Tenía muy en mente cómo resolvían los problemas los maestros de la escuela Bruguera y con los cambios de registro intentaba divertir, sorprender, deslumbrar...

P.: También te dedicas a ver la reacción del público y cómo las vive el artista.

R.: No es casual que el protagonista sea un personaje que habla todo el rato en tercera persona y que interpela al lector continuamente. Detrás hay una necesidad de hacer reaccionar al lector, de tener un feedback con él que, lamentablemente, en este caso no se produjo. La revista tiene una sección de carta de los lectores y solo en una ocasión se hizo mención a nuestras series, concretamente fue una mención a la de Paco. Me pareció muy decepcionante.

P.: Llevas desde tus comienzos manteniendo una relación intermitente con El País. ¿Cómo ha cambiado la relación con el periódico a lo largo del tiempo?

R.: La relación no ha cambiado mucho. Siempre ha sido profesional. El hecho de que yo viva en Mallorca hace que no me pase por la redacción ni tenga contacto con la plantilla. Me suelo comunicar por mail y en ocasiones por teléfono con los jefes de sección de los suplementos que me encargan cosas.

P.: Da la sensación que la relación de El País con el cómic es también intermitente.

R.: Sí, ha sido un poco guadianesca. Lo que es cierto es que hasta esta serie el cómic ha estado unido al público infantil como el Pequeño País en los 80, o al juvenil con el País de la Tentaciones en los 90 pero nunca ha estado en las secciones para todos los públicos. De todo ello ahora solo queda una tira de Liniers. Es una pena que no se haya consolidado el espacio para los cómics pero sí que es común en las secciones culturales leer críticas sobre cómic.

P.: “¡Oh diabólica ficción!” da la sensación de intentar, como con Bardín, encontrar un personaje que te permita contar diferentes historias más allá del lugar al que se destinen. Has hecho colaboraciones para la caja “Marrón” de Autsaider, has hecho carteles...

R.: Es curioso porque si en Bardín era algo buscado, en este caso nunca me lo planteé pero ha ido funcionando. Se me ha ido imponiendo el personaje a mí y me he dado cuenta de que es muy útil para ubicarlo en distintos contextos para distintos trabajos. No da síntomas de agotamiento hasta ahora y, visualmente funciona muy bien. Tiene su lado de personaje de cómic pero su aspecto físico es tan sencillo, tan básico a un nivel casi de ideograma, que me funciona muy bien en trabajos de diseño gráfico. Así que larga vida a la urraca.

P.: Para completar el libro haces una historia inédita en el que juegas con el metalenguaje del medio.

R.: Esa historia era una fusión de dos historietas que tenía pensado hacer en el formato habitual de la serie. Cuando cancelaron la serie, me quedaron unas cuantas ideas apuntadas que decidí sacar adelante fusionándolas. Me divertí mucho dibujándolas, porque no tenía que constreñirme al espacio habitual de dos páginas.

 P.: Colaboras de nuevo con Mireia Pérez, como ya hiciese en “Supercómic”.

R.: Tenía un guión que creía que podía ser divertido de dibujar por otro dibujante. El tema parecía adecuado para Mireia. Mi idea era hacer más colaboraciones pero ya no dio lugar.

P.: Da la sensación que te dio pena el fin de la serie.

R.: Sí, el cierre fue de un día para otro, totalmente inesperado y me supo mal porque yo le veía aún recorrido al personaje. No sé si lo retomaré en el futuro, pero el personaje sí tendrá un espacio en mi nuevo libro que no sé cuando saldrá.

Tengo el guión medio hecho ya y algunas pruebas. Es un proyecto que paré cuando surgió lo del Bosco y que quiero retomar. Son unas 150 páginas, en blanco y negro y sin palabras. Me resulta difícil de explicar porque se mueve dentro del campo de la experimentación. Es muy difícil de explicar.

 P.: Suena a una vuelta al carácter experimental de los 90 con Pere Joan.

R.: No creo que vaya por allí el tema. Es una consecuencia lógica de los últimos libros que he estado haciendo en esta última etapa. Una etapa que incluye “Vapor”, “Paseo Astral”, “Conversación entre Sombras, “¡Oh diabólica ficción!”  y “El Tríptico de los Encantados”. Yo los veo todos dentro de un mismo paquete y creo que entra dentro de estos parámetros en lo visual. En lo narrativo me adentro en un territorio desconocido para mí, un lugar en el que nunca he estado y del que no sé como saldré. Es una aventura para mí.

P.: ¿Cómo te mantienes enamorado del medio después de tanto tiempo?

R.: Mantengo las ganas porque veo que hay mucho campo libre donde trabajar. Yo pretendo no repetirme, que cada proyecto tenga algo nuevo y excitante para mí.

Para mí el cómic sigue siendo el mejor medio narrativo. Lo llevo en el corazón desde que era un crío y por un motivo racional he entendido lo que es, me siento dentro y me sigue gustando jugar con él.

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