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Back Está aquí: Home De interés El mundo del comic con Infame&Co “Todo es ficción, la realidad también”. Entrevista a Luis Durán.

“Todo es ficción, la realidad también”. Entrevista a Luis Durán.

Luis Durán es uno de los autores más personales y prolíficos de nuestro cómic. Un autor con un universo muy personal en el que la alquimia, la magía y la ciencia se dan la mano. Un constructor de universos que se halla imbuido en su reto más ambicioso: Orlando y el juego. Con Durán recorremos su trayectoria.

En tus comienzos multiplicas tus colaboraciones en multitud de fanzines con historias humorísticas como “Perry Mason” o “Barco Pirata”. ¿Cómo recuerdas esa época?

Hacia finales de los ochenta y durante casi toda la década de los noventa hubo una proliferación de fanzines tremenda, y yo que llevaba intentando publicar tebeos desde que tenía 9 años a la par que iba descubriendo a Corben, Toppi, Duranona, Oesterheld, Mandrafina, Breccia, Carlos Trillo... me agarré a ese barco de la edición alternativa ya que, acceder por otras puertas al mundo profesional por aquel entonces era bastante complicado.

Creo que llegué a colaborar durante esos años en cientos de fanzines con “Perry Mason” y con “Barco pirata”.

En “Perry Mason”, contaba las historias de tres generaciones de una familia totalmente enfermiza. Y “Barco pirata” eran tiras de humor blanco con la piratería como trasfondo. Colaboraba con fanzines como el TMEO de Vitoria, Paté de Marrano de Madrid, Kovalski Fly de Valencia, Resiste de Bilbao... la lista sería interminable. Y, cada día recibía una sorpresa porque a diario me llegaba por correo un fanzine o una revista del lugar más recóndito, donde aparecía una historieta mía. Y no solo me llegaban publicaciones de España, ya que también colaboraba en fanzines chilenos, en revistas de cómic mexicanas, en diarios portugueses. Yo probaba a enviar a todos los lugares donde de una forma u otra dieran cabida al tebeo. Así logré durante aquellos años ir publicando mis páginas de “Perry Mason” y “Barco Pirata”, además de en fanzines en muchos periódicos como el Diario Vasco, el Egin, El Correo, el desaparecido Diario Ya, El Diario de Burgos, Diario de Talavera… y revistas como Aizú o Ritmo de rock.... Pero donde publiqué con mayor asiduidad creo que fue en TMEO y en Habekomic. En el TMEO estuve publicando 10 años la serie de Perry Mason. Durante aquellos años también fui conociendo a personajes como Berenguer, de la editorial La Cúpula, que años después me pidió una novela gráfica y le entregué “El mago descalzo”. También conocí por aquel entonces a Damián Carulla que ya sabía de mi trabajo por el TMEO y que comenzó a publicarme algunas historietas de “Perry Mason” en la revista Makoki que por entonces dirigían él y Borrallo. En el año 96 y como colofón a toda una década publicando mis páginas de manera dispersa, por aquí y por allá, se compilaron muchas de las historietas de “Perry Mason” en un volumen titulado “Remiendos” por Ediciones Pregonero.

 

Con el cambio de siglo hay un gran salto en tu trayectoria. Pasas de las historias cortas a autoeditarte bajo el sello Mancuso cuatro historias que marcan tu camino como autor. Historias como “Solsticio” (1999), “El vuelo del caracol” (2000), “Nabo” (2000) y “El gato sin alas” (2001) muestran una voz muy personal, mostrando tu preferencia por personajes singulares, perdedores con los que el lector empatiza inmediatamente como el protagonista de El gato sin alas. ¿Qué propició este cambio?

Estaba un poco cansado de hacer cosas en formato tira o historietas de dos y tres páginas. Había publicado cerca de 1000 páginas que se hallaban desperdigadas en fanzines, periódicos y revistas y hacia ya tiempo que me apetecía hacer historias algo más extensas, crear un espacio que me permitiera desarrollar mejor a mis personajes y a su mundo interior. Y eso me animó a pensar en tebeos más extensos y comenzar con la autoedición de álbumcillos de unas 30 páginas, que era lo que podía permitirme pagar en imprenta. Pero para mí ya era un paso importante el saltar de historietas de 4 páginas a historietas de 30 o 32. Aunque me encontré con que, aunque mereció la pena, lo cierto es que la autoedición conlleva mucha dispersión. Ya no era solo escribir y dibujar, ahora tenía además que distribuir y negociar muchas cosas. Comencé tirando 1000 ejemplares de cada tebeo pero no podía o, mejor, no sabía dónde exponer tanto ejemplar. Por aquel entonces ya estaba en Madrid y me pasaba el día entero cogiendo autobuses y llamando por teléfono porque las distribuidoras... bueno, me veía negro para que me pagaran los ejemplares vendidos. Yo creo que veían que como no tenía una infraestructura editorial detrás con la posibilidad de entregarles 5 o 6 novedades mensuales pasaron bastante de mí. La distribución casi fue a mano. Pero a pesar de todo seguí intentándolo y después de autoeditarme “Solsticio” me autopubliqué otros tres tebeos entre 2000 y 2001.

De aquellos cuatro álbumcitos “Nabo” era mi favorito. Era una broma sobre la teoría de la evolución. En el tebeo narraba la historia de dos paleontólogos jubilados de Oñate que descubren un fósil a la orilla de un río que manda al traste la teoría de la evolución tal y como la conocemos ya que, a través de ese fósil, se dan cuenta de que el hombre no viene del mono, sino del nabo.

“El vuelo del caracol” era un tebeo de corte fantástico, mundos paralelos... con Julio Verne de protagonista. Después volví a incluir personajes históricos en otras de mis novelas gráficas; desde Conan Doyle en “La Ilusión de Overlain”, pasando por Paracelso en “La tierra negra” o Billy El Niño en “Caminando por las colinas de arena”...

En “Solsticio”, el primero de los álbumes que me autoedité, narraba una historia que me contó mi madre llena de bandoleros, brujas y pueblos sumergidos. Tenía más de “San Manuel Bueno Mártir” de Unamuno que de “Curro Jiménez”.

Y en “El gato sin alas” que fue el último de los tebeos autoeditados, fue un intento por adentrarme y explorar, casi en clave de humor, el aislamiento emocional de un personaje, de Martín Recio. Y como digo este tebeo fue mi última incursión en la autoedición, de hecho en su contraportada ya se anunciaba la salida inminente de “Vanidad” de la mano de Ediciones Sinsentido.

 

A raíz de tus historias con Mancuso comienzas a publicar historias de largo recorrido con diferentes editoriales. La primera de ellas, “Vanidad” (Sinsentido, 2001) donde muestras tu interés por la Historia.

Sí, llevaba ya un par de años en Madrid y tras haber pasado por la aventura de la autoedición y distribución, Jesús Moreno, editor de Sinsentido se fijó en estos álbumes, concretamente en “Solsticio” y me propuso que hiciera un libro para su sello. Así que le presenté lo que fue mi primera novela gráfica, un tomo de casi 100 páginas que por aquel entonces eran muchísimas para un tebeo y es que todavía no se llevaba ese formato entre los autores españoles. Así que aquello era bastante inusual y muy osado, y más aún cuando yo era un autor prácticamente desconocido. Pero Jesús se atrevió y se lanzó el tebeo.

“Vanidad”, era una historia gótica ambientada en el siglo XVIII, una historia con estirpes y mansiones malditas y sombras que vagan por esas mansiones, duelistas profesionales y un personaje principal, William Payne, adicto al láudano y con personalidad múltiple. Tenía tantas ganas de desarrollar más la personalidad de los protagonistas que aquí pude hacerlo por triplicado ya que el personaje tenía tres o cuatro egos distintos con los que batallaba en su delirio.

Con “Vanidad” quedé nominado a Mejor Guión y me dieron el premio Autor Revelación en el Salón Internacional del Cómic de Barcelona que en aquellos años era un premio con gran prestigio, no como ahora que hay tantos premios que se ha diluido su importancia, creo yo. Todo el mundo tiene algún premio de alguna institución, periódico o fundación... Los libros antes de llegar a las librerías ya vienen con algún premio debajo del brazo.

 Tras “Vanidad” llegaría “La tierra negra” (Edicións de Ponent, 2002), protagonizado por Paracelso y su fiel criado Oporinus, viajando por los paisajes desolados por la peste.

Sí, acababa de publicar con Jesús Moreno “Vanidad” y vi que tampoco podía editar tan seguido un libro nuevo con la misma editorial, ya que Sinsentido todavía era un sello emergente y no podía abarcar demasiadas novedades. Y yo estaba ya terminando otra novela gráfica sobre Paracelso y su siervo Oporinus, así que envié por correo unas páginas del proyecto a Edicions de Ponent de Valencia. Ya había leído cosas que estaba publicando esta editorial pero lo cierto es que no conocía a nadie dentro de ella. En una semana me llamó Paco Camarasa. Recuerdo que era febrero y me dijo que me sacaba el libro para mayo y sí, creo que salió en junio de 2002. Tanto Paco Camarasa como Jesús Moreno me parecieron encantadores. Siempre que coincidíamos y hablábamos era como charlar con amigos del instituto, siempre se me olvidaba que eran mis editores. Paco, además, estaba encantado porque “La tierra negra” iba a salir con bastante promoción ya que, entre esa llamada y la publicación del tebeo, me dieron el premio en Barcelona como Autor Revelación por “Vanidad”. Al día siguiente de la entrega de premios, en el mismo Saló, Tarancón de Astiberri me pidió un proyecto, y yo le presenté el que estaba ya dibujando que era “Atravesado por la flecha”. Así que, ese año, salió en junio “La tierra negra” con Edicions De Ponent y en octubre “Atravesado por la flecha” con Astiberri que por entonces todavía no había publicado ningún tebeo español, y esta fue la primera novela gráfica que publicó esta editorial.

En cuanto al libro “La tierra negra” quise hacer una historia sobre alquimia, sobre cabalistas y sobre autómatas y recreé la vida de una de las figuras más enigmáticas del Renacimiento europeo, el alquimista Paracelso. El libro estaba dividido en 4 capítulos, uno para cada elemento: Agua, Fuego, Aire, y Tierra, quise hacer algo así como una metáfora del horno alquímico, del crisol.

En tu obra vemos parejas singulares con una relación que recuerda por momentos a el Quijote y Sancho Panza.

Sí, la verdad es que creo que no hay nada como una buena historia por cuyas venas corra una energía de polaridad alterna, dos discursos antagónicos pero complementarios.

En “Atravesado por la flecha” (Astiberri, 2002) cuentas la historia de un ejército de desterrados que viaja sin rumbo, una historia por la que recibes el Premio a Mejor Guión en el Salón del Cómic de Barcelona 2003.

Todo lo medieval me ha fascinado desde siempre. De hecho ahora mismo acabo de terminar las 84 páginas ambientadas en el medievo que voy a incluir en el tomo cuarto de “Orlando y el juego”, que está editando Diábolo.

“Atravesado por la flecha” la ambienté en la Francia del siglo XV. Bernard es herido por una flecha durante el asedio al castillo de Morat. La flecha no se la pueden extraer, porque moriría en la operación y sabiendo que le quedan como tres días de vida, se convierte en desertor. La historia narra como transcurren sus últimos días, perseguido por sus antiguos compañeros de armas.

También aparece una extraña y simbólica figura embozada montada a caballo Manoch Panim, que poco a poco le va guiando hacia su inevitable destino. Después de “Perry Mason” y antes de comenzar con las novelas gráficas estuve un par de años trabajando en hostelería y algunas noches soñaba que un tipo embozado con capa entraba en mi habitación y empezaba a zarandearme y a golpearme contra las paredes. Desde el día que dejé la hostelería ese embozado dejó de presentarse cada noche. Después lo dibujé en “Atravesado por la flecha” y le puse el nombre de “Manoch Panim” que en Romaní significa “Hombre de agua”.

Comienzas un viaje por los géneros con “Antoine de las Tormentas” (Astiberri, 2003) y “Caminando por las colinas de arena” (Astiberri, 2004). En tu obra confluyen un deseo de profundizar en el alma humana pero utilizando una personal reinterpretación de estos.

Sí, es lo que dices, he ido desarrollando mis historias alternando distintos géneros y estructuras pero siempre enfocando lo que es la narración desde un prisma lo más personal que he podido. El western en “Caminando por las colinas”, la piratería en “Antoine de las tormentas”, los vikingos en “Volátil”, la cotidianidad mágica en “Una colmena en construcción”, la ciencia ficción en la serie “Orlando y el juego”... Eso sí, no esperes que haga nunca una de romanos.

Con “Antoine de las tormentas” comencé a notar mucho mi evolución gráfica. Comencé a incluir más masa negra, más mancha. A la par que también evolucionaba mi manera de narrar y notaba que los guiones iban también adquiriendo más consistencia.

“Caminando por las colinas de arena” trataba sobre la vida del indio Nube-que-toca-las-estrellas que por no atreverse a matar a un oso con un puñal, como ritual de iniciación, es expulsado de su propia tribu y pasa a ser rastreador del ejército de caballería americano. Allí termina asqueado de ver como el ejército americano masacra tribus enteras de niños y mujeres y acaba también renegando del hombre blanco y enfrentándose, él solo, a todo un ejército. Decide matarlos a todos. Al estilo de “Grupo salvaje”, en la escena final de aquella película. En este libro vuelvo a alternar personajes ficticios con históricos. Sale Billy El Niño. Es una historia de espíritus guardianes, de venganzas y de destinos. Para algunas tribus indias las colinas de arena eran una clara referencia al Hades.

 En “Álgebra” (Astiberri, 2004) te acercas a los mitos artúricos a través de los ojos de un profesor. Para cada proyecto te sumerges en un periodo histórico concreto. ¿Cómo es el proceso de documentación de las obras?

Tomo muchas notas, y luego lo normal, Internet, bibliotecas... por lo general no utilizo otros tebeos para documentarme. Prefiero visitar física o virtualmente el Museo del Traje, el Museo Arqueológico, el Naval...

“Álgebra” es una historia ambientada en Irlanda. Y recuerdo que busqué bastante documentación porque había teorías enfrentadas para todo lo relacionado con los mitos artúricos, sobre el Santo Grial, sobre la Tabla Redonda, sobre qué eran y qué dejaban de ser... Unos decían que Avalon estaba en Glastonbury y otros que en Mallorca y para mí era una metáfora del inframundo. Álgebra fue el primer álbum que realicé a color con formato de BD francesa, no de novela gráfica. En Álgebra, quise contar la historia de Jeremy Glanvil, ex profesor de Álgebra viviendo en un retiro dedicado al estudio y escritura de leyendas y mitología artúrica. Pero a su casita en medio del bosque, se acercan un día dos periodistas para entrevistarle y terminan rompiendo su rutina. La historia es como una serie de paseos aéreos sobre las conversaciones entre los tres. La imagen de portada estaba inspirada en algunos relieves localizados en los altares donde los sacerdotes druidas, supuestamente, realizaban sus sacrificios. La editorial no veía claro esta portada pero yo insistí y al final salió.

Este libro tuvo también su edición en euskera., “Áljebra” ( Ultzegin Komikiak, 2007)

En “Algebra” te acercas al formato del álbum Francobelga, que muy pronto abandonas.

Sí, pero no descarto volver después de finalizar la serie de Orlando y el juego.

Las señales y los símbolos son fundamentales en tu obra y en “Nuestro verdadero nombre” (Edicions de Ponent, 2005) te adentras en su significado.

“Nuestro verdadero nombre” es un cuento sobre las casualidades que transcurre en un pueblo costero en dos períodos cronológicamente distintos unidos por un acontecimiento común como es el hecho de haber varado cientos de calamares gigantes en sus costas. Y sus habitantes lo considerarán algo así como una señal. Esta historia se me ocurrió a partir de que una langosta se posara en un cristal de mi casa... qué cosas! Me pareció algo muy Jungiano que aquel insecto se posara allí durante días y, bueno, este tipo de sucesos, no te lo podría explicar mejor, una persona los ve o no los ve, quiero decir que la mayoría lo habría pasado por alto pero otros intuirían lo simbólico envolviendo lo cotidiano. Cuando hice “Nuestro verdadero nombre” estaba ya publicando en Planeta DeAgostini, había dejado Astiberri definitivamente y Camarasa me pidió otro libro porque como “La Tierra Negra” había funcionado muy bien quería editarme uno nuevo pero esta vez en la colección Mercat que era su colección estrella, cartoné, A4. Así que le entregué “Nuestro verdadero nombre” que quedó muy bien editado. Los negros puros se veían como nunca los había visto y como digo, en edición cartoné y todo eso. Bueno, Camarasa era así, siempre que me veía o coincidíamos antes de darme la mano ya me pedía un libro nuevo y lo cierto es que los movía muy bien y lograba que funcionasen en las tiendas.

Tu dibujo es deliberadamente trabajado. En tu obra vemos que, partiendo de unas premisas estables, varías tus recursos en función de las necesidades de la obra.

Sí, cada vez intento esmerarme más técnicamente, y esta evolución gráfica ha ido creciendo y madurando a la par que también ha ido evolucionando mi manera de escribir. Creo que ambas facetas han ganado en profundidad, así que digamos que guión y dibujo se complementan cada vez mejor en mis tebeos. Creo que van muy de la mano. Hace años incluía muchos menos contrastes gráficos de luces y sombras en mis páginas y también en mis guiones. Ahora, a la hora de entintar disfruto mucho sombreando, manchando y tramando de manera manual lo que además de dar plasticidad, sensación de espacialidad y tridimensionalidad a los dibujos, aporta al guión un mayor dramatismo cuando este lo requiere, las atmósferas se ven beneficiadas con los juegos de luces y sombras y hablan y cuentan cosas que no aparecían en el guión inicial; se potencia con los detalles el mundo interior de cada personaje y surgen ideas nuevas a medida que dibujo y entinto. En un tebeo las ideas se expresan y toman forma y crecen a través de las palabras y de los dibujos. Si con los años se depura la forma de escribir y de dibujar de un autor, técnicamente va a lograr resolver los problemas narrativos mucho mejor ya que va a ser más conciso, más directo, va a saber eliminar mejor lo superfluo... en resumidas cuentas, va a conectar mejor con ese otro lado del espejo que es el lector.

 

Compaginas color y blanco y negro en función del proyecto que vayas a desarrollar.

Desde hace unos años utilizo el color de manera habitual, por ejemplo en “Una colmena en construcción” y en la serie “Orlando y el juego”. A nivel técnico, a mí personalmente, me viene muy bien para que el lector vea la escena más clara, me ayuda a que el ojo distinga más rápidamente todos los elementos gráficos que coexisten dentro de una misma viñeta. Además, el color aporta también mucho a cada página desde el punto de vista emocional, yo diría que incluso simbólico, te habla sin palabras de los estados anímicos de cada uno de los personajes, describe atmósferas que solo con el dibujo en blanco y negro me sería más difícil expresar. El color aporta al lector muchísima información de manera inconsciente e instantánea. Al abrir el tebeo, incluso antes de empezar a leer ni un solo bocadillo ya te ha dado información directamente, ya has inducido al lector determinados escenarios y ya los personajes, a través del color, han enviado, digamos, su tarjeta de presentación al subconsciente de cada lector que abre el libro. Sucede como en la vida diaria, de entrada, no te da la misma impresión alguien que viste de negro que alguien que viste de azul.

¿Cómo fue tu estancia en Planeta DeAgostini? La forma de trabajar con una editorial grande era distinta a la manera de planificar obras para editoriales más modestas como Sinsentido, De Ponent...

Me dejaban libertad total y la relación con Planeta DeAgostini fue ideal. Y tenían un equipo de maquetadores muy bueno a la hora de elegir fuentes y diseñar las cubiertas. Yo entré allí a través de Jaime Rodríguez al que había conocido un año antes en Angoulême. Eran los años en los que Planeta se metió de lleno en la edición de tebeos, llegando a publicar algunos meses hasta trescientas novedades. Querían probar con autores nacionales y comenzaron a publicar el trabajo de Sergio Bleda y el mío. Yo publiqué con ellos dos títulos, “La ilusión de Overlain” y “Caballero de espadas”. El trato a los autores era excelente. Y lo que más ilusión me hizo fue que mis dos libros salieran en la misma colección en la que publicaban a Alberto Breccia, a Toppi, Mandrafina o Carlos Trillo. Recuerdo que la editorial me invitó al Salón de Barcelona para presentar “Caballero de espadas” y me pusieron dos días firmando en una mesa con Bernie Wrightson, allí los dos solitos. Bueno, también estaba su esposa que le acompañaba para gestionar la venta de algunos originales que traían. Bueno, pues allí estuve dos mañanas con Wrightson firmando tebeos. Le miraba firmar “Feria de monstruos” y me acordaba de sus historias de terror para la Warren, de “Jeniffer”, de su adaptación de “Aire frío” o “El gato negro”... Es que crecí leyendo tebeos de la Warren y de los maestros del terror.

También conocí a Toppi allí, ya que luego la editorial nos llevaba a comer a todos juntos a un restaurante que rotaba para que pudiéramos contemplar diferentes paisajes durante la comida.

Precisamente en “Caballero de espadas” (Planeta DeAgostini, 2005) vemos la importancia de la magia. De hecho, la relación que existe entre la magia y la ciencia es una constante en tu obra. En tu trabajo también se observa una mezcla de lo onírico y lo fantástico que envuelve al lector y lo hace cómplice a medida que va descubriendo el mundo interior de cada protagonista. En “Caballero de espadas” juegas con la importancia de las elecciones y sobre cómo estas cambian nuestras vidas en función de cuales sean las decisiones que tomemos.

Sí, es una historia sobre cruces de caminos... sobre puntos de inflexión... sobre esos abanicos de posibilidades que a veces se te presentan en la vida y no queda otra que elegir una y dejar a un lado el resto. Esas posibilidades, esos caminos que no eliges terminan siempre regresando de nuevo, convertidos ya en fantasmas. Y sobre eso va este tebeo... sobre senderos no recorridos.

Y en “La ilusión de Overlain”(Planeta DeAgostini, 2005) te introduces en África, un continente lleno de misterio que te permite adentrarte en sus leyendas. En el libro vemos, como en el resto de tus obras, una pasión por las pequeñas historias, que van encajándose unas dentro de otras como si de una muñeca rusa se tratara.

Sí, escribí un montón de cuentos cortos recreando ambientes tribales africanos y los fui intercalando a lo largo de una historia principal que trata sobre reencuentros y bueno, también sobre ilusiones ópticas donde cuento la historia del señor Douglas, un antropólogo jubilado que añora sus años de juventud en Kenia dedicados al estudio de las máscaras africanas. Tal es su morriña que decide regresar de nuevo al continente africano pero esta vez acompañado por su hijo ya que desea mostrarle algo que hace muchos años dejo en las laderas del monte Elgon, en Kenia.

 En “El viaje de Gasparetto” (Dolmen, 2006) abogas por los descubridores de estrellas frente a una realidad que ahoga a sus protagonistas y es que realidad y ficción se dan la mano en tu obra, mezclándose en ocasiones sin poder resolver cuál de ellas es más importante.

Todo es ficción, la realidad también. Y las posibilidades de una ficción son infinitas. Sin embargo, nos han hecho creer que solo una de esas posibilidades, a la que llaman lo real, es la verdadera, pero lo cierto es que lo real es solo una opción más en ese amplio abanico de posibilidades. Eso sí, es la posibilidad que más le conviene a los poderosos, de ahí que el término real venga de rey. Y solo un niño mantiene intacta la capacidad de ver a los poderosos como realmente están sin nuestro apoyo, desnudos. Por ello cercenan el arma de los niños, la imaginación. Para hacernos creer que solo es válida la ilusión que ellos nos quieran imponer.

En “El martín pescador” (Dolmen, 2007) tu segundo libro con Dolmen, vemos a un escritor que tiene que elegir entre vender su alma al diablo, en este caso un político que le ofrece la fama y la gloria, o recuperar su propia vida y pasado.

Sí, es la historia de Martín Altán, un escritor que recibe el encargo de crear la biografía a un político corrupto. Bueno, aunque decir político y decir corrupto es casi una redundancia en estos tiempos.

En el intento de escribir una biografía lo más creíble posible, Martín comienza a incluir recuerdos propios, y así, página a página, el pasado de ambos, de Martín y del político, comienzan a tornarse idénticos. Rompiéndose esa línea que permite distinguir quién de los dos es el hombre y quién el reflejo.

Una historia de espejos, y de espejismos.

 Llegas a Ediciones la Cúpula y allí entregas “El mago descalzo” (Ediciones la Cúpula, 2008) donde hablas de la importancia de las imágenes, del cura de un pequeño pueblo, de una peregrinación hasta el Vaticano ante la negativa de la iglesia de mostrar cualquier representación gráfica de sus símbolos... En la historia vemos algo que también es muy habitual en tus historias. El vuelo de una mariposa en China puede provocar un maremoto al otro lado del mundo. En tu caso el dibujo de una mariposa que una niña realizó cambiará el sino de la historia.

Desde pequeño me apetecía mucho publicar en “El Víbora” o al menos con La Cúpula. Yo fui muchos jueves, que era el día que Berenguer miraba books, hasta Barcelona a la redacción de La Cúpula para que viera mi trabajo. Y nunca me compró páginas así que para mí fue toda una alegría publicar con él doscientas y pico páginas de golpe con “El mago descalzo”. Un día en Angoulême del año 2007, Monserrat Terrones se acercó y me dijo que querían comenzar a editar novelas gráficas de autores nacionales, y que habían pensado comenzar con Fermín Solís y conmigo. Así que les hice “El mago descalzo”. A Berenguer le gustó mucho el libro, eso sí, me dijo que la portada era difícil para las tiendas pero me dijo que no la cambiara.

La historia, bueno, la idea principal del libro sucedió en mi pueblo, en Oñate (Guipúzcoa). Al parecer, durante los años 20, Benedicto XV prohibió portar imágenes de santos en las procesiones del Corpus Christi, y en mi pueblo el Corpus es sagrado. Y bueno, los parroquianos la liaron y al final consiguieron que desde el Vaticano hicieran una bula pontificia para que en Oñate, como excepción, se pudieran sacar las estatuas de santos el día de Corpus. Y sí, es una historia donde doy la idea de que, en cierto modo, todo esta conectado con todo.

Decía Pere Joan que vivimos en una cultura en la que los libros se pueden contar en su sinopsis. En tu caso vemos la dificultad de llevarlo a cabo, de hecho es extraño que tus obras tengan demasiadas explicaciones previas que acoten su contenido.

Es que en mi caso, hay muchos libros dentro de cada libro. Me resulta difícil, incluso a mí, el preparar una sinopsis de cada uno de ellos para su promoción. A veces es como intentar meter un elefante dentro de una lata de sardinas...

 

En “Volátil” (De Ponent, 2007) regresas a las leyendas y su reconstrucción en un tierno y cálido verano que transformará a sus protagonistas.

Bueno, con “Volátil” intenté hacer un ejercicio narrativo y creo que doté al libro de una estructura original y curiosa. El personaje principal es un estudiante que durante sus vacaciones estivales se propone el reto de escribir “Volátil”, su primera novela, a partir de unas runas que encuentra en el lugar. La historia que escribe estará ambientada en Escandinavia y versará sobre la vida de un joven vikingo llamado Audum.

Es una estructura de un libro sobre un libro.

También hablo de alquimia en “Volátil” y comparo el folio en blanco del escritor con el crisol, con el horno del alquimista; y, el proceso literario con el proceso alquímico.

Y es que en la escritura veo también un proceso místico, al igual que en la alquimia, porque escribiendo uno plasma, de manera inconsciente, sus sombras, temores, y al plasmarlos sobre sus propios personajes, reconoce esas facetas suyas que hasta entonces desconocía y las repara. El cómic y todas las artes en general tienen también cualidades terapéuticas, curativas.

 Con “Una colmena en construcción” (Norma, 2012) desarrollas historias cada vez más largas en las que el silencio es muy importante y la elipsis narrativa es fundamental. En ella te acercas más que nunca a nuestra realidad con personajes que conviven en un día a día perfectamente reconocible para el lector.

A veces un silencio aporta más que muchas palabras. Sí, probablemente sea la historieta más costumbrista que he realizado hasta el momento. Me quedé muy contento con el resultado y es el libro por el que más correos de lectores he recibido comentando lo mucho que les ha gustado y las sensaciones evocadoras que su lectura les ha provocado.

Recuerdo que cuando terminé “Una colmena en construcción” escribí un correo a Norma para ver si les interesaba, porque me había salido un libro de casi 400 páginas!! y encima a color y era consciente de que editar aquello era carísimo. No sabía muy bien si alguna editorial en España podría animarse a publicar un libro de estas características sin fragmentarlo en dos partes, cosa que yo no deseaba ya que yo sabía que esta era una historia que tenía que leerse de un tirón. Así que tuve claro desde el principio que o salía en un solo tomo o no salía. Probé con Norma y, para mi sorpresa, me sucedió como con Planeta DeAgostini, que ese mismo día me respondieron afirmativamente con otro correo.

En “Una colmena en construcción” regreso al tema de los dobles pero ya no como lo hiciera en “El Martín pescador” aquí retomo el tema de los dobles de una manera mucho más amable, me alejo de Stevenson y su doctor Jekyll, de los románticos y de lo góticos. Aquí abordo el tema del doble más al estilo Conrad, los dobles no son antagónicos, se complementan y terminan ayudándose mutuamente y colaborando entre ellos.

Y como alguno de los personajes en el libro tenían la afición (al igual que yo de pequeño) de coleccionar unos muñequitos de piratas que salían en el detergente Ariel en los años 70, me ocurrió que, no sé cómo, la empresa Ariel se enteró y me hizo llegar, en agradecimiento y a través de Norma Editorial, una caja enorme, con un gran lazo verde, repleta de bolsitas de detergente para lavadora y un chirimbolo, que era una maqueta con podium emulando el primer bote de Ariel a escala 1:1 que utilizo de mesita de noche.

En “Orlando y el juego” (Diábolo 2014-  ), nos hallamos ante una inmersión en el mundo de la ciencia ficción con saltos en el tiempo incluidos ¿Cómo nace la obra? Hasta la fecha es la primera serie larga que planteas. ¿A qué se debe este cambio de registro?

Le di muchas vueltas antes de meterme en una serie. Me apetecía mucho tener unos personajes fijos y ver como evolucionaban en cuatro o cinco libros, así que hablé con Lorenzo Pascual, de Diábolo, y me respondió que estaba interesado. Que le apetecía y se atrevía con “Orlando y el juego”. Así que quedamos, le mostré originales y nos hemos hecho muy amigos. Admiro la labor que está llevando a cabo rescatando la obra de Toth, Ditko, Kirby o llenando el hueco que dejaron Vampus, Rufus o Creepy con revistas como “Cthulhu” o “Casas encantadas”... y todo ello porque, sencillamente, siempre le gustaron. Y se le ve valiente porque “Orlando y el juego” es un proyecto extremadamente arriesgado del que opino, y Lorenzo también, que es una serie a la que el mundo del cómic no le ha prestado la importancia que un proyecto así se merece. Ya que no se trata de una serie cuyos derechos se han adquirido a una editorial francesa. Hablamos de una serie de producción propia. En un principio iba a tener alrededor de 1250 páginas divididas en 7 libros pero al final se optó porque los tomos fueran algo más extensos, de unas 250 páginas y concluir así la serie en 5 libros. Y la cosa va funcionando, pronto saldrá el cuarto libro que tendrá 280 páginas nada menos y a color.

 

A pesar de las dificultades actuales que tiene poner en el mercado una serie de estas características, creo que no es extraño que me haya embarcado en “Orlando y el juego” ya que crecí leyendo series como el Capitán Trueno, Jabato, Thorgal, Blueberry, Las torres de Bois Mauri... y siempre tuve claro que tarde o temprano iba a enfrentarme con “un continuará”

Los saltos en el tiempo te permiten dirigirte a épocas de nuestra historia con fluidez.

Sí, además me ha ido permitiendo ofrecer distintas atmósferas al lector dentro de cada uno de los libros que conforman la serie y eso el lector lo agradece.

Tu trabajo de mayor madurez aparece a medida que va creciendo el planteamiento de novela gráfica en nuestro país. ¿Te ves pionero del medio?

No, no me siento pionero. A la novela gráfica la considero un formato, no un medio porque a fin de cuentas, tampoco deja de ser un tebeo. Y además, me parece un formato bastante poco agraciado y nada novedoso, porque, aunque no estuviera de moda entre los autores nacionales hasta hace unos años, ya existía en los años 70, incluso antes, y simplemente se utilizaba para abaratar los costes de edición (todo los tebeos de Vértice, por ejemplo, se publicaban así). Pero con las ventas que hay ahora mismo, la mayoría de los tebeos que vemos en las tiendas serían inviables con una presentación más decente. Realmente el formato novela gráfica no es estético, se pierde detalle gráfico ya que por lo general los autores trabajamos en un formato A3 y cuando se publican nuestras páginas en formato novela gráfica se aprecia mucho menos el esfuerzo que requiere realizar cada viñeta que cuando se imprimía en A4. Para que te hagas una idea, es un formato que algunos incluso lo llaman "rateado" ya que en imprenta no se desperdicia ni un milímetro de papel. Eso sí, se ha lanzado como un producto de mayor contenido cultural... literario, cuando yo creo que el cómic siempre ha gozado de contenido literario, decir lo contrario sería menospreciar un poco la labor de un siglo de artistas y de miles y miles de obras. Supongo que la manera de acuñar el ya viejo término de novela gráfica tiene, en la actualidad, más que ver con un interés por parte de las editoriales en acceder a plataformas y espacios comerciales antes solo accesibles a la literatura.

Para cada proyecto has ido variando de editorial. ¿Hay una intención de ir buscando la más adecuada en base al proyecto presentado?

Para mí fue algo necesario. Piensa que hubo años en los que intentaba sacar tres libros con tan solo unos pocos meses de diferencia y me encontraba con que la mayoría de las editoriales no tenía la suficiente infraestructura para publicarme los tres.

Has sido testigo privilegiado de la evolución del medio desde la época de las revistas hasta la novela gráfica actual pasando por los fanzines. ¿Cuál es tu análisis del cambio producido en este tiempo?

En lo básico no han cambiado demasiado las cosas. A principios de los 90 los autores vivían en la miseria y 25 años después, también. El boom de la novela gráfica, qué te voy a contar, yo lo he vivido desde dentro y me parece falso, y las cifras oficiales de ventas también me parecen falsas. La opinión de la sociedad hacia el cómic tampoco pienso que haya variado demasiado. Hace 25 años, cuando decías a un profano, que dibujabas tebeos se pensaba que te faltaba un hervor, y ahora me da la sensación de que es más de lo mismo. Pero veo que se alimenta otra cosmovisión sobre el cómic en España. Supongo que a alguien le beneficiará...

¿Proyectos?

Continuar con la serie “Orlando y el juego”. Ya se han publicado los tres primeros libros y me tiene muy entretenido el cuarto.

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